• Fray Javier Tovar, O.P.

UN GRAN TESORO EN NUESTRAS MANOS

MATEO 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí». Él les dijo: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».


Escuchar “Reino” de manera iterativa en las palabras de Jesús implica su proyecto de vida y se refiere a una vivencia enmarcada en la fraternidad, la bondad y la “dignificación” de los menos afortunados. En el momento en que se reflexiona e interioriza a Dios, es cuando se halla la verdadera riqueza, mas no con la pretensión de abarcarlo con las manos de forma lógica o simplemente razonada, es desde la experiencia vivida en lo más profundo de cada cristiano, sin tener que buscar seguridades materiales; no es en el “más allá”, es en el aquí y ahora: el “más acá”; no consiste en prescindir de los acontecimientos actuales y presentes por una azarosa y atesorada espera de una realidad futura; el hoy es el tesoro que necesitamos acoger, descubrir y vivir, en esto está la contundencia del mensaje del Evangelio, en una actitud distinta de “ver”, y por lo tanto, otro modo de “vivir”.



El encargo de Jesús es preciso, no es una moraleja de carácter antimaterial que evita el acento en la simple renuncia de los bienes tangibles, al contrario, se fundamenta en la experiencia personal de fe, dejando claro que existe una amplia brecha entre las posesiones y la verdadera felicidad. Esto nos orienta a vivir y a descubrir el verdadero tesoro que no se encuentra en las “cosas” que ya poseemos, sino en lo que somos. De lo anterior, la particular relevancia en la alegría que trae este pasaje, es la inmensa riqueza que nos pide el mismo Jesús: la trascendencia tras alcanzar la plenitud, mediante el servicio.


Cuando el dios particular que creamos no complace, y en él no se encuentra la felicidad, es porque no hemos hallado nuestro tesoro. En este aspecto, se debe hablar de una verdadera renuncia: perder el egoísmo y ganar una auténtica santidad. Para ello, lo primordial es encontrarse a sí mismos y ahondar en lo recóndito de la conciencia y el corazón, los sitios donde tomamos las decisiones más importantes. Hoy, el silencio, en medio del ruido digital que ensordece durante el confinamiento, puede liberar de tanta superficialidad, de la prisa por realizar las cosas de manera rápida o simplemente por cumplir; es el momento de una pausa y ayudar a quien lo necesita. Es necesario superar el rótulo de ser cristianos por el hecho de haber sido bautizados en la infancia, vivir el ser creyentes por convicción, por la vivencia personal del amor hacia los demás en la cotidianidad. El Reino de Dios es conocimiento y reconocimiento de la dignidad propia y del prójimo.

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