• Edgar Osorio

¿DESTRUIR? ¡Por supuesto!

Juan 2,13-25

Muchas personas se inquietan cuando observan a Jesús con un látigo de cuerdas en la mano, sacando a los bueyes, volcando las mesas de los cambistas y exigiendo a los vendedores de aves que saquen fuera del Templo su mercancía. No les cuadra con el Jesús bueno y misericordioso al que están acostumbrados y cuestionan esa actitud de Jesús. Pero lo que cada evangelio quiere resaltar, cada uno a su estilo, es que Jesús se vale también de signos extremos para expresar el amor de Dios por la humanidad.


En aquella época se vivía el ritualismo y se olvidaba de la profundidad de las enseñanzas de la Palabra, se hacía a un lado a la persona por cumplir la ley, se ignoraba la caridad para permitir el egoísmo religioso y se favorecía el bien particular sobre el bien sagrado, como se evidencia en el Evangelio, donde el templo, por cumplir los ritos se había convertido en un mercado. Pero con Jesús ha comenzado una nueva era, donde Él es el nuevo Templo. Y de ahí en adelante ya no va a importar tanto el edificio material de piedra y de madera, porque el Cuerpo del Señor es el verdadero templo, el Cuerpo místico de Cristo compuesto por todos los bautizados. Por esta razón, lo que dice Jesús del templo de su cuerpo, “destruyan este templo, y en tres días lo levantaré” (Jn 2, 19), lo podemos también decir nosotros, sus seguidores, gracias a la intervención de Dios: “el que resucitó a Cristo también nos resucitará a nosotros” (Rom 8, 11), demostrando así que el camino de entrega elegido y vivido por Jesús es el mejor camino para vivir la vida humana.


No obstante, es complejo seguir este camino en nuestro país donde se consienten diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones. Por este motivo, para hacernos conscientes que hay cosas en nuestra vida que debemos destruir, tenemos que ver al mismo Jesús destruyendo: el Señor destruye una norma que no sirve, un sistema mediocre, dejando al descubierto un sentimiento que se manifiesta en él, la ira.


Del mismo modo, ir de-morado en la vida es atrevernos a destruir todo aquello que nos oprime, que nos divide, que va en contra de la dignidad humana… Teniendo como punto de partida que la casa de Dios no es el edificio sino la persona como tal, así podemos comprender qué es aquello que el Señor quería destruir, y al mismo tiempo descubrir aquello que nosotros debemos acabar. Por consiguiente, si destruimos a nuestro hermano estamos destruyendo un templo. Complicado decirlo en nuestra cultura actual donde es difícil convencernos y entender que el otro es alguien sagrado “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y eso es lo que ustedes son” (1 Cor 3:16-17). Así que: ¿Destruir? ¡Por supuesto!... pero sin pasar por encima de los demás.





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